Desde el punto de vista de Leonel Fernández el único debate que él puede desarrollar con su oponente Miguel Vargas Maldonado es una exposición pública de riquezas.
Se trata de una intención de competencia muy extraña, porque el vencedor no sería quien muestre más fortuna y solvencia, sino aquél que posea menos bienes materiales. En la lógica de los posibles contendientes se infiere que más caudal equivale a menos vergüenza.
De entrada, el presidente candidato cree que ganaría la justa, pues públicamente no es rico, diferente a su contrincante, un hombre forrado que, bien o mal habida su hacienda, tendría que pasarse lo que resta de campaña explicando el origen de cada centavo, en caso de aceptar un careo.
Y es justamente ahí donde reside la trampa. Fernández entiende que saca más ventaja al adversario tratando de convertir su patrimonio en un oprobio que ofreciéndole la oportunidad del debate sobre el ejercicio de gobierno.
En ese contexto, carece de valor el argumento del presidente de la República en el sentido de que corre el riesgo de asumir un papel de abusador si acepta una confrontación en el plano de las ideas con Vargas Maldonado.
De por sí el abuso está planteado al tratar el gobernante de propiciar una pelea desigual. No es lo mismo organizar un media tour para presentar una fastuosa mansión, que hacerlo con el objetivo de mostrar anaqueles enciclopédicos en una fundación. Atesorar conocimiento es un ejercicio libre de sospecha, aunque el pecado esté expuesto a la franca.
Quizás a Vargas Maldonado le faltó preconcebir su proyecto presidencial en forma más estratégica: siendo menos rico públicamente –que es una evidente reducción de riesgo en la política vernácula- y vendiendo una hoja de servicio más extensa a favor de la sociedad.
Parece que hay una lección para la nueva generación de políticos, en una industria “made in RD” que tiene sus propios códigos. Nadie puede ser exitoso en su intención de alcanzar el poder si sólo cuenta con el cuerpo y las dos bandas o si anda con las patas por el suelo.
Hay que tener bolsillos bien profundos, pero tratar de que los fondos sean movidos por otras manos. Un político con los puños llenos de cuartos es una vaina, un proyecto casi siempre fallido. Balaguer no tenía un chele encima, vivía en un patio y su éxito fue indudable.
sábado, 16 de febrero de 2008
jueves, 7 de febrero de 2008
Agenda para el 16
Me he estado preguntando qué hacer el 16 de mayo, pues cae viernes, y no me apetece votar. Ya habré cerrado dos días antes el fascinante semanario CLAVE, que circula el jueves y la empresa me debe un día de vacaciones.
Faltan quince semanas para las elecciones y probablemente queda tiempo para que algún candidato me convenza de votarle. Pero, como tengo mis dudas, pensaré en un plan alternativo que sustituya la tarea de hacer fila para ejercer el sufragio.
Por cierto, una de las partes más jugosas (el término es de Melvin Peña) de las votaciones son las filas, donde se disfruta de la sociología popular con los más inverosímiles e impactantes chismes.
Quizás me pierda esta delicia porque, insisto, los candidatos no me convocan: Leonel, con una extensa retahíla de promesas como si fuese a gobernar por vez primera; Miguel, tan pobre que no tiene más que dinero y Amable, contradictorio presidente de los descamisados, con un lujoso yate anclado en La Romana que ofende a la pobreza.
Candelier me proyecta la imagen de un presidente que nos gobernaría a garrotazos y pescozones; Guillermo Moreno es apenas, por ahora, un grano de mostaza y sobre Trajano Santana me pregunto: ¿Es su candidatura onírica o real?
Frente a tal escenario no sé si será mejor irme a Jarabacoa a disfrutar de sus paisajes y de los exóticos sabores del restaurante El Rancho, montar a caballo por las sendas de La Confluencia, escuchar el rumor cómplice del río Manabao y hacerme fotos con una camarita, aunque sea desechable.
Quizás valdría la pena encerrarme para dormir todo el día, después del jacuzzi, en algún Bora Bora rumbo a Santiago, no sin antes degustar un mangú con queso frito en el Típico Bonao.
Pudiera darme con amarizar en Boca Chica en busca de la mejor batata frita con pescado y el diálogo ameno con el muchacho vendedor de gafas de sol. A lo mejor, siguiendo los consejos de Ana Mitila, me iría a Sabana de la Mar a disfrutar de un pescado con coco, mientras escucho las increíbles historias de buzos que terminan paralíticos.
Otra opción sería irme al Museo de las Hermanas Mirabal y, después de un recorrido enjugando dos o tres lágrimas por las muchachas, sentarme con Dedé a recordar el pasado, para convencerme de que este país ha caminado como el cangrejo, para atrás.
Faltan quince semanas para las elecciones y probablemente queda tiempo para que algún candidato me convenza de votarle. Pero, como tengo mis dudas, pensaré en un plan alternativo que sustituya la tarea de hacer fila para ejercer el sufragio.
Por cierto, una de las partes más jugosas (el término es de Melvin Peña) de las votaciones son las filas, donde se disfruta de la sociología popular con los más inverosímiles e impactantes chismes.
Quizás me pierda esta delicia porque, insisto, los candidatos no me convocan: Leonel, con una extensa retahíla de promesas como si fuese a gobernar por vez primera; Miguel, tan pobre que no tiene más que dinero y Amable, contradictorio presidente de los descamisados, con un lujoso yate anclado en La Romana que ofende a la pobreza.
Candelier me proyecta la imagen de un presidente que nos gobernaría a garrotazos y pescozones; Guillermo Moreno es apenas, por ahora, un grano de mostaza y sobre Trajano Santana me pregunto: ¿Es su candidatura onírica o real?
Frente a tal escenario no sé si será mejor irme a Jarabacoa a disfrutar de sus paisajes y de los exóticos sabores del restaurante El Rancho, montar a caballo por las sendas de La Confluencia, escuchar el rumor cómplice del río Manabao y hacerme fotos con una camarita, aunque sea desechable.
Quizás valdría la pena encerrarme para dormir todo el día, después del jacuzzi, en algún Bora Bora rumbo a Santiago, no sin antes degustar un mangú con queso frito en el Típico Bonao.
Pudiera darme con amarizar en Boca Chica en busca de la mejor batata frita con pescado y el diálogo ameno con el muchacho vendedor de gafas de sol. A lo mejor, siguiendo los consejos de Ana Mitila, me iría a Sabana de la Mar a disfrutar de un pescado con coco, mientras escucho las increíbles historias de buzos que terminan paralíticos.
Otra opción sería irme al Museo de las Hermanas Mirabal y, después de un recorrido enjugando dos o tres lágrimas por las muchachas, sentarme con Dedé a recordar el pasado, para convencerme de que este país ha caminado como el cangrejo, para atrás.
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