Me he estado preguntando qué hacer el 16 de mayo, pues cae viernes, y no me apetece votar. Ya habré cerrado dos días antes el fascinante semanario CLAVE, que circula el jueves y la empresa me debe un día de vacaciones.
Faltan quince semanas para las elecciones y probablemente queda tiempo para que algún candidato me convenza de votarle. Pero, como tengo mis dudas, pensaré en un plan alternativo que sustituya la tarea de hacer fila para ejercer el sufragio.
Por cierto, una de las partes más jugosas (el término es de Melvin Peña) de las votaciones son las filas, donde se disfruta de la sociología popular con los más inverosímiles e impactantes chismes.
Quizás me pierda esta delicia porque, insisto, los candidatos no me convocan: Leonel, con una extensa retahíla de promesas como si fuese a gobernar por vez primera; Miguel, tan pobre que no tiene más que dinero y Amable, contradictorio presidente de los descamisados, con un lujoso yate anclado en La Romana que ofende a la pobreza.
Candelier me proyecta la imagen de un presidente que nos gobernaría a garrotazos y pescozones; Guillermo Moreno es apenas, por ahora, un grano de mostaza y sobre Trajano Santana me pregunto: ¿Es su candidatura onírica o real?
Frente a tal escenario no sé si será mejor irme a Jarabacoa a disfrutar de sus paisajes y de los exóticos sabores del restaurante El Rancho, montar a caballo por las sendas de La Confluencia, escuchar el rumor cómplice del río Manabao y hacerme fotos con una camarita, aunque sea desechable.
Quizás valdría la pena encerrarme para dormir todo el día, después del jacuzzi, en algún Bora Bora rumbo a Santiago, no sin antes degustar un mangú con queso frito en el Típico Bonao.
Pudiera darme con amarizar en Boca Chica en busca de la mejor batata frita con pescado y el diálogo ameno con el muchacho vendedor de gafas de sol. A lo mejor, siguiendo los consejos de Ana Mitila, me iría a Sabana de la Mar a disfrutar de un pescado con coco, mientras escucho las increíbles historias de buzos que terminan paralíticos.
Otra opción sería irme al Museo de las Hermanas Mirabal y, después de un recorrido enjugando dos o tres lágrimas por las muchachas, sentarme con Dedé a recordar el pasado, para convencerme de que este país ha caminado como el cangrejo, para atrás.
jueves, 7 de febrero de 2008
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